domingo, 27 de mayo de 2012
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El primer Correo a Natales
Hace poco tiempo se celebró el 70º. Aniversario de la fundación de Puerto Natales. En esa ocasión la Municipalidad entregó diplomas y galvanos, a los vecinos que vivían allí más de setenta años. Esto significa que cuando el pueblo se fundó oficialmente, ya había allí gente y desde luego casas; sólo faltaba el acta de fundación, que emitió en Punta Arenas el coronel Mardones. No se sabe exactamente cuando se instaló el primer poblador, pero fue varios años antes que el 31 de mayo de 1911, si nos atenemos al hecho que don Arturo Barría Gonzalez atendía con caballos el transporte de correspondencia de Punta Arenas a Puerto Natales, sin contar la que movilizaban los barcos, en sus viajes a Última Esperanza, llevando provisiones y materiales, para traer lanas y cueros en sus viaje de regreso. Eran tiempos difíciles, sobre todo en invierno, cuando la nieve impedía avanzar a los viajeros, que empleaban siete u ocho días en la jornada y otros tantos al regreso, siguiendo las huellas de los guanacos o los senderos bajo los bosques. El intenso frío hería al hombre, que en su trayecto buscaba el calor acogedor de una estancia o un puesto. Y esto fue durante años, en que las carretas y carros abrieron huellas, pasando por territorio argentino. Hasta que el Presidente Ibáñez, en 1930, entregó el camino nuevo a Puerto Natales y el puente colgante sobre el Río Rubens, que presta servicios hace cincuenta años. Y con la huella y el camino vinieron los automóviles Ford T., de bigotes, los Buick y otras máquinas que atendieron, las primeras, el transporte de pasajeros en esas rutas.
El viejo camino, con su colección de pantanos, fue testigo de los viajes esforzados de los pioneros como Avelino Fernández, Rudecindo Martínez, Lucas Zalatic, Manuel Díaz, Mateo Draguicevic y otros campeones del volante, que sirvieron a la colectividad, movilizando pasajeros entre Punta Arenas y el pueblecito que nacía. Pero ahora nos referiremos a Arturo Barría González, hombre modesto y silencioso, que tomó a su cargo el correo interdepartamental en al año 1908. Entonces Natales era un villorio semejante a Puerto Prat, que servía de caleta de embarque de los productos regionales de las estancias y del frigorífico. Había un grupo respetable de gente que tenía parientes en el resto del mundo y que por derecho propio anhelaba comunicarse por medio de la palabra escrita. Y lo hacía entregando y recibiendo cartas de don Arturo Barría, quien para hacerlo atravesaba las pampas y los bosques, donde aún no había huellas, en los meses de invierno y verano, montanto un ágil caballo y llevando a otro de tiro.
Arturo Barría solía contar sus aventuras y recurría a una bitácora que había llevado de sus viajes. Hay constancia de que varios rocines, extenuados por el esfuerzo, lo abandonaron en medio del camino. Sus mondos esqueletos, blanqueados al sol, quedaron durante muchos años como hitos involuntarios de la ruta, que abrieron cocheros y carreteros. Mostraban a los que siguieron los esfuerzos y sacrificios que significaban abrir el prolongado camino.
Barría dejó pronto los caballos. Las mujeres y los hijos de los colonos no podían movilizarse a lomo de las bestias. Mientras tanto algunos valientes habían adquirido automóviles Ford T y comprobaban la eficacia y nobleza de estos cacharros. Nuestro personaje compró un Buick, que parecía una góndola. Era de color gris, con capota de lona y prestó servicios en la huella durante más de veinte años. En más de una ocasión, en invierno, quedó detenido en la nieve y mandó a sus pasajeros a alojar a una estancia vecina. Pero él como capitán con su buque, quedaba en el auto, dormía en él con temperaturas de varios grados bajo cero y aguardaba el día siguiente, que llegase ayuda, para seguir adelante.
Sus hijos, Pedro y Carlos Barría Bazalo, con sendos automóviles modernos, también atendieron el servicio interciudades, mientras el padre no abandonaba su Buick, que parecía una barcaza. La gente le tenía confianza y lo prefería. Y seguía siendo el correo oficial.
Arturo Barría González murió hace como cuarenta años. Nadie se acordó de su contribución al progreso de Magallanes, cuando este pionero de las comunicaciones cerró los ojos para siempre.
La Prensa Austral, 25 de junio de 1981. Osvaldo Wegmann Hansen Del libro DE AYER Y DE HOY. Recopilación de Jorge Díaz Bustamante.
sábado, 19 de mayo de 2012
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La isla grande
Por Silvestre Fugellie

El escritor Benjamín Subercasaux tuvo muy gratos recuerdos de su primera visita a Chiloé. Dijo: “En las caletas tranquilas iluminadas por la luna, llega silencioso (el Caleuche) y como suspendido sobre las aguas. Los pescadores huyen y se refugian en sus casas. Si alguno se ha dormido en la ribera o en los botes, ya pueden buscarlo a la mañana siguiente, que no lo hallarán jamás. El Caleuche recluta sus tripulantes entre los hombres que se entregan al sueño o al ensueño. Cada botella de alcohol puede contener, junto con una promesa de olvido, un pasaje para el barco de la muerte.
El chilote es activo, sonriente, buen marino y amigo de la paz. ¡Qué agradable país sería el Chile central si estuviera poblado solamente por chilotes!
Los bosques de Chiloé empapados por las contínuas lluvias, reisten al fuego y no hay manera de incendiarlos. Los inmensos alerces (algunos alcanzan 50 metros de altura y hasta ocho metros de circunferencia), los ulmos – que los chilotes llaman muermo-, los cipreses robles y avellanos, deben ser trabajados penosamente a golpes de hacha.
Estas líneas fueron escritas partiendo de viejos recuerdos. En la actualidad, Castro es una ciudad moderna, con excelentes edificios en concreto. Hay que ir a Chonchi, ahora para encontrar poesía”.
Así fue su impresión principal. De vuelta, después de 16 años, en 1946, también se topó con algunas novedades. Sintió cierta tristeza. Si Subercaseaux recorriera en la actualidad la isla grande de Chiloé y visitara su numeroso islario, la sorpresa sería aún mayor que aquella que le impactara en la década cuarenta de 1900. Está, por ejemplo, su toponimia autóctona, ya que la mayoría de los nombres de la topografía chilota son de origen primitivo. Veamos algunos topónimos y sus significados: Chonchi: gente flaca-torcido-tierra roja. Cucao: agua de gaviotas. Huillinco: agua de nutria. Agoni: cara de amigo. Lin lin: paja ratonera. Queilen: estar ladeado, zozobrar. Curahue: lugar de piedras. Quincaví: reunión para aprender a consultar. Tenaún: puñado con ambas manos. Quilquico: río. Yutuy: perdiz de los andes. Railán: zanjon, corriente. Llau-Llao: hongo de roble o de coihue. Rauco: agua gredosa. Meulín: remolino. Achao: gallina. Curaco: agua de piedra. Quenac: ladeado. Quinchao: isla mancornada. Caguach: hombres remadores.
El nombre de Castro fue dado a la ciudad en honor del virrey del Perú, López García de Castro. La ciudad fue fundada por Martín Ruíz de Gamboa en febrero de 1567 con el nombre de San Antonio de Castro. En cuanto a Ancud, pueblo chilote que dio origen a la hazaña de Juan Williams y su gente con la toma de posesión del estrecho de Magallanes, fue fundada el 20 de agosto de 1768 por el gobernador de Castro don Carlos Berenguer. El lugar llevó por nombre Villa de San carlos de Chiloé. Más tarde, el 4 de julio de 1834, se le confirió el título de ciudad de Ancud. Un tiempo fue capital de provincia.
En 1992 el poeta e investigador Roberto Barría Vargas cuyo seudónimo es Esteban Barruel, publicó un libro centrado en Calbuco. Contiene significados de muchos apellidos originarios del archipiélago.
La Prensa Austral, 30 de mayo 2001.

El escritor Benjamín Subercasaux tuvo muy gratos recuerdos de su primera visita a Chiloé. Dijo: “En las caletas tranquilas iluminadas por la luna, llega silencioso (el Caleuche) y como suspendido sobre las aguas. Los pescadores huyen y se refugian en sus casas. Si alguno se ha dormido en la ribera o en los botes, ya pueden buscarlo a la mañana siguiente, que no lo hallarán jamás. El Caleuche recluta sus tripulantes entre los hombres que se entregan al sueño o al ensueño. Cada botella de alcohol puede contener, junto con una promesa de olvido, un pasaje para el barco de la muerte.
El chilote es activo, sonriente, buen marino y amigo de la paz. ¡Qué agradable país sería el Chile central si estuviera poblado solamente por chilotes!
Los bosques de Chiloé empapados por las contínuas lluvias, reisten al fuego y no hay manera de incendiarlos. Los inmensos alerces (algunos alcanzan 50 metros de altura y hasta ocho metros de circunferencia), los ulmos – que los chilotes llaman muermo-, los cipreses robles y avellanos, deben ser trabajados penosamente a golpes de hacha.
Estas líneas fueron escritas partiendo de viejos recuerdos. En la actualidad, Castro es una ciudad moderna, con excelentes edificios en concreto. Hay que ir a Chonchi, ahora para encontrar poesía”.
Así fue su impresión principal. De vuelta, después de 16 años, en 1946, también se topó con algunas novedades. Sintió cierta tristeza. Si Subercaseaux recorriera en la actualidad la isla grande de Chiloé y visitara su numeroso islario, la sorpresa sería aún mayor que aquella que le impactara en la década cuarenta de 1900. Está, por ejemplo, su toponimia autóctona, ya que la mayoría de los nombres de la topografía chilota son de origen primitivo. Veamos algunos topónimos y sus significados: Chonchi: gente flaca-torcido-tierra roja. Cucao: agua de gaviotas. Huillinco: agua de nutria. Agoni: cara de amigo. Lin lin: paja ratonera. Queilen: estar ladeado, zozobrar. Curahue: lugar de piedras. Quincaví: reunión para aprender a consultar. Tenaún: puñado con ambas manos. Quilquico: río. Yutuy: perdiz de los andes. Railán: zanjon, corriente. Llau-Llao: hongo de roble o de coihue. Rauco: agua gredosa. Meulín: remolino. Achao: gallina. Curaco: agua de piedra. Quenac: ladeado. Quinchao: isla mancornada. Caguach: hombres remadores.
El nombre de Castro fue dado a la ciudad en honor del virrey del Perú, López García de Castro. La ciudad fue fundada por Martín Ruíz de Gamboa en febrero de 1567 con el nombre de San Antonio de Castro. En cuanto a Ancud, pueblo chilote que dio origen a la hazaña de Juan Williams y su gente con la toma de posesión del estrecho de Magallanes, fue fundada el 20 de agosto de 1768 por el gobernador de Castro don Carlos Berenguer. El lugar llevó por nombre Villa de San carlos de Chiloé. Más tarde, el 4 de julio de 1834, se le confirió el título de ciudad de Ancud. Un tiempo fue capital de provincia.
En 1992 el poeta e investigador Roberto Barría Vargas cuyo seudónimo es Esteban Barruel, publicó un libro centrado en Calbuco. Contiene significados de muchos apellidos originarios del archipiélago.
La Prensa Austral, 30 de mayo 2001.
jueves, 17 de mayo de 2012
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Río Turbio
/ Los rotos de Río Turbio
Los rotos de Río Turbio
Por Raul Morales Álvarez
Me trajo la nostalgia de una vieja epopeya el drama ocurrido en los yacimientos de carbón de Río Turbio, en la Argentina, donde la muerte atrapó a 11 mineros, asesinándolos ferozmente con una explosión de gas grisú. Nueve de los 11 era chilenos. Es la proporción habitual de la presencia laboral chilena en ese recodo de la otra banda. Río Turbio es una mina argentina trabajada por obreros chilenos, tan crecidos en su abundante mayoría, que allí los argentinos parecen extranjeros. La cercanía geográfica podría explicar el hecho a primera vista. Río Turbio está sólo a tres mil metros de la frontera magallánica con Chile en el confín austral de la Patagonia atlántica, separado de Buenos Aires por una larga lejanía de tres mil kilómetros. La propia ciudad argentina de más inmediata vecindad, Río Gallegos, se ofrece a 260 kilómetros de distancia. Puerto Natales de Chile, en cambio, queda apenas a 57 kilómetros por un camino absurdo de vueltas y revueltas. El tramo se acortaría a no más de 25 kilómetros, cuando mucho, si se construyese una ruta más inteligente, en línea recta o casi recta.
¿Es por eso, entonces que en Río Turbio hay más chilenos que argentinos?
Creo que lo parece así, pero únicamente lo simula. Sostengo que hay factores aún más elocuentes determinando la constancia migratoria de los chilenos que llegan a la Argentina, quedándose para trabajar en lo que sea. ¿Cuántos suman de manera exacta?. No se sabe. Se les ha calculado de manera oficial en 500 mil, entregando una cifra que sale equivocada por donde se la juzgue. Lo efectivo, al menos en los lados sur australes, desde Neuquén abajo, es que el habitante argentino todavía no se aclimata de veras al medio duro de la Patagonia, con sus 727 mil 226 kilómetros cuadrados. Allí, en cambio el chileno continúa hallándose como en su salsa, hecho y macerado por su propia hosquedad nativa, feliz progenitora de los ánimos de lucha que se lleva a la Argentina. Esa es, pues, siquiera según mi convencimiento, la verdadera razón que autoriza al cardúmen de chilenos en la Patagonia argentina. Los rotos de Río Turbio, de esta manera, son nada más que un botón para la muestra de la egregia rotocracia puesta a la vista en todo el ámbito regional patagónico. Los chilenos representan, de modo general, el 70 por ciento de la mano de obra que labora en la Patagonia atlántica.
Es comprensible, entonces, que el corazón se me haya ensanchado bastante cuando anduve pateperreando por allá durante mi juvenil nomadismo aventurero de chilecito en chilecito, hasta caer de repente en el chilecito con ganas de ser chilazo de Río Turbio. Todavía me suena por la oreja el canto con que me saludaron los rotos, aceptándome como uno de los suyos, pese a mis pilchas de futre:
En las minas de carbón, frontera de Chile
y Argentina, ¡trabajan puros chilenos en
todas las bocaminas! Yacimiento de carbón
Río Turbio en la Argentina: ¡la energía del
chileno se derrocha en Dorotea;
y es el alma de la mina!
Cerro Dorotea es el lomaje donde se abren los piques y los socavones por donde se extrae el 90 por ciento del carbón que consume la Argentina. los rotos de Río Turbio lo decían muy bien en su áspero canto, sin cuidados por la métrica:
Suman cinco mil los rotos, con instinto
y corazón, que perforan Dorotea
¡para extraer el carbón! Buenos mineros chilenos
porque tienen condición, los barreteros
del Turbio son hombres de harto valor.
¡No les importa el rigor!
A rotos de esta clase pertenecían los que ahora han muerto. Si yo también me vi influído alguna vez en su misma rotología, es lógico que sienta entonces el poderoso anhelo de extender mi saludo hacia los nueve mineros que se llevó el espanto del grisú. No conocí a ninguno, desde luego, pero sé que eran realmente mis hermanos, gente de mi sangre y mi familia, sin posibilidad de equivocarme en la certeza nacional que los acoje, desbordando un orgullo más alto que el luto.
"La Cruz del Sur", 24 de mayo de 1975
Recopilacón de Jorge Díaz Bustamante.
Me trajo la nostalgia de una vieja epopeya el drama ocurrido en los yacimientos de carbón de Río Turbio, en la Argentina, donde la muerte atrapó a 11 mineros, asesinándolos ferozmente con una explosión de gas grisú. Nueve de los 11 era chilenos. Es la proporción habitual de la presencia laboral chilena en ese recodo de la otra banda. Río Turbio es una mina argentina trabajada por obreros chilenos, tan crecidos en su abundante mayoría, que allí los argentinos parecen extranjeros. La cercanía geográfica podría explicar el hecho a primera vista. Río Turbio está sólo a tres mil metros de la frontera magallánica con Chile en el confín austral de la Patagonia atlántica, separado de Buenos Aires por una larga lejanía de tres mil kilómetros. La propia ciudad argentina de más inmediata vecindad, Río Gallegos, se ofrece a 260 kilómetros de distancia. Puerto Natales de Chile, en cambio, queda apenas a 57 kilómetros por un camino absurdo de vueltas y revueltas. El tramo se acortaría a no más de 25 kilómetros, cuando mucho, si se construyese una ruta más inteligente, en línea recta o casi recta.
¿Es por eso, entonces que en Río Turbio hay más chilenos que argentinos?
Creo que lo parece así, pero únicamente lo simula. Sostengo que hay factores aún más elocuentes determinando la constancia migratoria de los chilenos que llegan a la Argentina, quedándose para trabajar en lo que sea. ¿Cuántos suman de manera exacta?. No se sabe. Se les ha calculado de manera oficial en 500 mil, entregando una cifra que sale equivocada por donde se la juzgue. Lo efectivo, al menos en los lados sur australes, desde Neuquén abajo, es que el habitante argentino todavía no se aclimata de veras al medio duro de la Patagonia, con sus 727 mil 226 kilómetros cuadrados. Allí, en cambio el chileno continúa hallándose como en su salsa, hecho y macerado por su propia hosquedad nativa, feliz progenitora de los ánimos de lucha que se lleva a la Argentina. Esa es, pues, siquiera según mi convencimiento, la verdadera razón que autoriza al cardúmen de chilenos en la Patagonia argentina. Los rotos de Río Turbio, de esta manera, son nada más que un botón para la muestra de la egregia rotocracia puesta a la vista en todo el ámbito regional patagónico. Los chilenos representan, de modo general, el 70 por ciento de la mano de obra que labora en la Patagonia atlántica.
Es comprensible, entonces, que el corazón se me haya ensanchado bastante cuando anduve pateperreando por allá durante mi juvenil nomadismo aventurero de chilecito en chilecito, hasta caer de repente en el chilecito con ganas de ser chilazo de Río Turbio. Todavía me suena por la oreja el canto con que me saludaron los rotos, aceptándome como uno de los suyos, pese a mis pilchas de futre:
En las minas de carbón, frontera de Chile
y Argentina, ¡trabajan puros chilenos en
todas las bocaminas! Yacimiento de carbón
Río Turbio en la Argentina: ¡la energía del
chileno se derrocha en Dorotea;
y es el alma de la mina!
Cerro Dorotea es el lomaje donde se abren los piques y los socavones por donde se extrae el 90 por ciento del carbón que consume la Argentina. los rotos de Río Turbio lo decían muy bien en su áspero canto, sin cuidados por la métrica:
Suman cinco mil los rotos, con instinto
y corazón, que perforan Dorotea
¡para extraer el carbón! Buenos mineros chilenos
porque tienen condición, los barreteros
del Turbio son hombres de harto valor.
¡No les importa el rigor!
A rotos de esta clase pertenecían los que ahora han muerto. Si yo también me vi influído alguna vez en su misma rotología, es lógico que sienta entonces el poderoso anhelo de extender mi saludo hacia los nueve mineros que se llevó el espanto del grisú. No conocí a ninguno, desde luego, pero sé que eran realmente mis hermanos, gente de mi sangre y mi familia, sin posibilidad de equivocarme en la certeza nacional que los acoje, desbordando un orgullo más alto que el luto.
"La Cruz del Sur", 24 de mayo de 1975
Recopilacón de Jorge Díaz Bustamante.
jueves, 3 de mayo de 2012
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Osvaldo Wegmann
/ El pionero de Última Esperanza
El pionero de Última Esperanza
Por Osvaldo Wegmann Hansen

Imagen del año 1905. De pie: August Kark. Abajo: Hermann
Eberhard W, Dorotea Eberhard W, Capitán Hermann Eberhard
Schmith, Luisa Eberhard W,Rodolfo Stubenrauch, Ricardo Kruger.
El primer colonizador de Última Esperanza fue don Hermann Eberhard, distinguido capitán de la línea alemana “Kosmos”, quien había servido anteriormente, desde 1883 a 1886 en las islas Falkland, a cargo de un vapor que transportó ovejas, para los primeros colonos de Magallanes. Considerándose todavía joven y sano, decidió integrarse al grupo de colonos patagónicos, y se vino a Punta Arenas. Aquí adquirió caballos y organizó una expedición por la costa del estrecho, encontrando todas las tierras ocupadas. Siguió a la Argentina y se estableció en Chimen Aike, donde obtuvo 40 mil hectáreas.
Un día lo visitó su paisano Augusto Kark, con quien conversó sobre la posibilidad de encontrar nuevas tierras para la ganadería y el tema se centro en las Llanuras de Diana, de las cartas inglesas. Consultaron un mapa y vieron lo difícil que era llegar hasta allí por tierra, por lo cual pensaron en una expedición por mar. Y esa noche de mayo de 1902 quedó decidida, pero con los medios más económicos, incluso en un bote. La expedición se haría en invierno, para comprobar la crudeza del clima.
En los primeros días de junio de ese año, el capitan Eberhard y Kark llegaron a Punta Arenas, donde se entrevistaron con las autoridades y el Cónsul alemán, para exponerles sus planes. Obtuvo Eberhard un bote salvavidas de un buque naúfrago y lo aparejó para el viaje. Los planes eran ser llevados en vapor hasta bahía Ismus, en el Canal Smith, y la expedición entraría a remo a Última Esperanza, desde cuyas costas explorarían hacia el interior. Sus compañeros serían Augusto Kark, el marino Teodoro Huelphers y los ex guardiamarinas Cattle y Game de la marina inglesa.
El 12 de junio partió la expedición a bordo del buque inglés “Africa”, alcual Eberhard sirvió de práctico en el estrecho, a cambio del transporte del bote y víveres, hasta bahía Ismus, donde fueron desembarcados finalmente. Arrastraron el bote por el istmo y a remo y vela navegaron por los mares interiores, con tiempo helado, mientras el termómetro marcaba 6 a 8 grados bajo cero. Tanto es así que el reumatismo comenzó a afectar al capitán.
Eberhard no iba totalmente a ciegas. Llevaba brújula y un mapa, facilitado seguramente por los oficiales chilenos Valdés y Pacheco, de la Armada, que habían estado en la zona y lo asesoraron. Así sabía bien con lo que se encontraría y fue con el paso Kirke, que pasaron con marea favorable de 8 a 10 nudos, que casi hizo zozobrar a la embarcación. Varias veces acamparon en la costa, levantando sus carpas y encendiendo fogatas para calentarse y cocinar sus alimentos, con buena o mala leña. Así transurrían los días, hasta que llegaron a Dissapointment Bay donde tuvieron dificultades para desembarcar, debido a la playa larga y al hielo. Allí permanecieron varios días, que aprovechó Eberhard para explorar la zona interior, en compañía de Augusto Kark. Allí encontró varios lagos y las famosas Llanuras del Diana, que resultaron pantanosas. A lo lejos divisó una sierra, que denominó Dorotea.
Terminada la exploración, algunos quisieron volver, pero el capitán insistió en seguir viaje, por la costa del seno Última Esperanza, para ver como eran las tierras más allá de las llanuras. Ya estaban en julio y hacía más frío. Encontaron una canoa con indios, en los alrededores de la península, que Eberhard denominó Moore. Ya habían bautizado la Isla de los Cisnes. Siguieron bordeando la costa y se encontraron con las islas ratón y lagartija, luego con la isla guanaco, donde vieron a un guanaco solitario.
Había tres enfermos, entre los tripulantes. Eberhard dejó a Kark cuidándolos y él se internó solo por los campos de la costa y volvió diciendo que eran muy buenos. Entonces sus compañeros estimaron que era oportuno volver. Pero él decidió visitar aún el último rincón, o sea el pequeño fiordo que se abría desde las inmediaciones de Punta Jamón. Y entraron al fiordo Eberhard, que así lo bautizaron los tripulantes, y allí había 8 pulgadas de nieve y 12 grados bajo cero de temperatura. Pero Eberhard, tenaz, salió a explorar y regresó diciendo que no había nada nuevo. Eran terrenos buenos para la ganadería, donde después estableció su estancia “Consuelo”. En esos momentos los compañeros enfermos se sentían bastante mejor y él les anunció que regresarían lentamente.
Aparejaron el bote y se largaron a la vela. Pasaron a la isla Guanaco y Eberhard bajó a cazar el guanaco solitario, para tener carne fresca. El 17 de julio en la mañana, con buen viento, partieron de un viaje a la Isla de los Cisnes, desde donde continuaron a remo. Pasaron múltiples aventuras, sobre todo en Ancón sin Salida, donde debido al oleaje el bote se atravesó en la playa y se dio vuelta, mojándose la mayoría de los pocos víveres que les quedaban.
El 30 de julio llegaron a Ismus Bay y esa misma noche pasaron el bote sobre el istmo, hasta la costa del Canal Smith, donde instalaron su campamento, en espera de la pasada de un barco de la Línea “Kosmos” que los recogería. Agustiados vieron pasar los días, hasta que el 5 de agosto, a las 4 de la tarde divisaron un vapor e hicieron una gran fogata. La nave acudió en su auxilio y los llevó de vuelta a Punta Arenas.
Un año después el capitán Eberhad viajó a Europa, en busca de material y de una lancha para fundar su estancia. Así comenzó la colonización en Última Esperanza, cuya capital Puerto Natales cumplirá 70 años el próximo domingo 31.
Una calle de la ciudad se denomina Hermann Eberhard. Y “Capitán Eberhard” también en homenaje al pionero, el principal hotel de turismo de esa provincia.
La Prensa Austral, 28 de mayo de 1981.Recopilación de Jorge Díaz Bustamante.

Imagen del año 1905. De pie: August Kark. Abajo: Hermann
Eberhard W, Dorotea Eberhard W, Capitán Hermann Eberhard
Schmith, Luisa Eberhard W,Rodolfo Stubenrauch, Ricardo Kruger.
El primer colonizador de Última Esperanza fue don Hermann Eberhard, distinguido capitán de la línea alemana “Kosmos”, quien había servido anteriormente, desde 1883 a 1886 en las islas Falkland, a cargo de un vapor que transportó ovejas, para los primeros colonos de Magallanes. Considerándose todavía joven y sano, decidió integrarse al grupo de colonos patagónicos, y se vino a Punta Arenas. Aquí adquirió caballos y organizó una expedición por la costa del estrecho, encontrando todas las tierras ocupadas. Siguió a la Argentina y se estableció en Chimen Aike, donde obtuvo 40 mil hectáreas.
Un día lo visitó su paisano Augusto Kark, con quien conversó sobre la posibilidad de encontrar nuevas tierras para la ganadería y el tema se centro en las Llanuras de Diana, de las cartas inglesas. Consultaron un mapa y vieron lo difícil que era llegar hasta allí por tierra, por lo cual pensaron en una expedición por mar. Y esa noche de mayo de 1902 quedó decidida, pero con los medios más económicos, incluso en un bote. La expedición se haría en invierno, para comprobar la crudeza del clima.
En los primeros días de junio de ese año, el capitan Eberhard y Kark llegaron a Punta Arenas, donde se entrevistaron con las autoridades y el Cónsul alemán, para exponerles sus planes. Obtuvo Eberhard un bote salvavidas de un buque naúfrago y lo aparejó para el viaje. Los planes eran ser llevados en vapor hasta bahía Ismus, en el Canal Smith, y la expedición entraría a remo a Última Esperanza, desde cuyas costas explorarían hacia el interior. Sus compañeros serían Augusto Kark, el marino Teodoro Huelphers y los ex guardiamarinas Cattle y Game de la marina inglesa.
El 12 de junio partió la expedición a bordo del buque inglés “Africa”, alcual Eberhard sirvió de práctico en el estrecho, a cambio del transporte del bote y víveres, hasta bahía Ismus, donde fueron desembarcados finalmente. Arrastraron el bote por el istmo y a remo y vela navegaron por los mares interiores, con tiempo helado, mientras el termómetro marcaba 6 a 8 grados bajo cero. Tanto es así que el reumatismo comenzó a afectar al capitán.
Eberhard no iba totalmente a ciegas. Llevaba brújula y un mapa, facilitado seguramente por los oficiales chilenos Valdés y Pacheco, de la Armada, que habían estado en la zona y lo asesoraron. Así sabía bien con lo que se encontraría y fue con el paso Kirke, que pasaron con marea favorable de 8 a 10 nudos, que casi hizo zozobrar a la embarcación. Varias veces acamparon en la costa, levantando sus carpas y encendiendo fogatas para calentarse y cocinar sus alimentos, con buena o mala leña. Así transurrían los días, hasta que llegaron a Dissapointment Bay donde tuvieron dificultades para desembarcar, debido a la playa larga y al hielo. Allí permanecieron varios días, que aprovechó Eberhard para explorar la zona interior, en compañía de Augusto Kark. Allí encontró varios lagos y las famosas Llanuras del Diana, que resultaron pantanosas. A lo lejos divisó una sierra, que denominó Dorotea.
Terminada la exploración, algunos quisieron volver, pero el capitán insistió en seguir viaje, por la costa del seno Última Esperanza, para ver como eran las tierras más allá de las llanuras. Ya estaban en julio y hacía más frío. Encontaron una canoa con indios, en los alrededores de la península, que Eberhard denominó Moore. Ya habían bautizado la Isla de los Cisnes. Siguieron bordeando la costa y se encontraron con las islas ratón y lagartija, luego con la isla guanaco, donde vieron a un guanaco solitario.
Había tres enfermos, entre los tripulantes. Eberhard dejó a Kark cuidándolos y él se internó solo por los campos de la costa y volvió diciendo que eran muy buenos. Entonces sus compañeros estimaron que era oportuno volver. Pero él decidió visitar aún el último rincón, o sea el pequeño fiordo que se abría desde las inmediaciones de Punta Jamón. Y entraron al fiordo Eberhard, que así lo bautizaron los tripulantes, y allí había 8 pulgadas de nieve y 12 grados bajo cero de temperatura. Pero Eberhard, tenaz, salió a explorar y regresó diciendo que no había nada nuevo. Eran terrenos buenos para la ganadería, donde después estableció su estancia “Consuelo”. En esos momentos los compañeros enfermos se sentían bastante mejor y él les anunció que regresarían lentamente.
Aparejaron el bote y se largaron a la vela. Pasaron a la isla Guanaco y Eberhard bajó a cazar el guanaco solitario, para tener carne fresca. El 17 de julio en la mañana, con buen viento, partieron de un viaje a la Isla de los Cisnes, desde donde continuaron a remo. Pasaron múltiples aventuras, sobre todo en Ancón sin Salida, donde debido al oleaje el bote se atravesó en la playa y se dio vuelta, mojándose la mayoría de los pocos víveres que les quedaban.
El 30 de julio llegaron a Ismus Bay y esa misma noche pasaron el bote sobre el istmo, hasta la costa del Canal Smith, donde instalaron su campamento, en espera de la pasada de un barco de la Línea “Kosmos” que los recogería. Agustiados vieron pasar los días, hasta que el 5 de agosto, a las 4 de la tarde divisaron un vapor e hicieron una gran fogata. La nave acudió en su auxilio y los llevó de vuelta a Punta Arenas.
Un año después el capitán Eberhad viajó a Europa, en busca de material y de una lancha para fundar su estancia. Así comenzó la colonización en Última Esperanza, cuya capital Puerto Natales cumplirá 70 años el próximo domingo 31.
Una calle de la ciudad se denomina Hermann Eberhard. Y “Capitán Eberhard” también en homenaje al pionero, el principal hotel de turismo de esa provincia.
La Prensa Austral, 28 de mayo de 1981.Recopilación de Jorge Díaz Bustamante.
viernes, 20 de abril de 2012
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Adrianales para La Socia
Por Pepito el Breve
Lo que no pudo ni la furiosa fuerza del caudal desbordado del Río de las Minas, con sus toneladas de lodo que dejó a su paso, la Casa del Pueblo del PS, ubicada en calle República de Punta Arenas, justo frente al río, resistió estoicamente los embates de la naturaleza, hoy, sin embargo, la sede partidaria correría serio peligro de sucumbir pues se haría estrecha para 550 gramos de silicona.
Es que la Adriana Barrientos se fotografió con el Senador Fulvio Rossi, le dijo que le gustaría ser parlamentaria, éste llamo a su colega Pedro Muñoz y para gozo de los militantes puros y sinceros estaría resuelto el dilema, ahora por fin tendrían una buena candidata.
Porque no hay que engañarse con la Barrientos, ya que sí sacaría votos, su candidatura sería transversal, fuera de ser magallánica, parece que fue cadete y como sabemos, el distrito 60 tiene importancia geopolítica, están emplazadas todas las fuerzas armadas, ese esquivo voto militar pesa y esta vez sí que hasta los pelaos votarían por ella.
Así luego del desastre natural, y de la primarias, comenzaría a salir el sol para el PS regional, ¿y por qué no dirán algunos?, ¿no fue acaso Eva Perón, una bataclana? y está el caso de Cicciolina en Italia, claro que las comparaciones son odiosas, porque la europarlamentaria era, radical. Y si en los años veinte hubo un León de Tarapacá ¿por qué no pensar en el siglo XXI en una Leona patagónica?
Claro que como a la ex presidenta le decían La Jefa, a CFK le dicen Ella, a la adrianita como iría por los socios habría que decirle La Socia o si quieren “socita” suena más familiar.
Se comenta que el partido se puso ya en campaña y piensa para el próximo Carnaval de Invierno, presentar un carro con una “Alegoría de las Adrianales”, aquellas fiestas que se hacían en Roma, Efeso y Tebas en honor del emperador Adriano y donde, al parecer, habían concursos de música y bailes. Claro que en este caso serían para la Adriana. Así, si sale electa podría llevar estos juegos también a la cámara.
Queda por ver eso si al senador Muñoz lo dejarían apoyarla en la campaña. O si la blonda diputada DC la querría llevar de compañera de lista. Yo, desde ya, fijo que voto por ella, aunque no deja de ser una lástima que la Licenciada Tetarelli, sea nortina.
Lo que no pudo ni la furiosa fuerza del caudal desbordado del Río de las Minas, con sus toneladas de lodo que dejó a su paso, la Casa del Pueblo del PS, ubicada en calle República de Punta Arenas, justo frente al río, resistió estoicamente los embates de la naturaleza, hoy, sin embargo, la sede partidaria correría serio peligro de sucumbir pues se haría estrecha para 550 gramos de silicona.
Es que la Adriana Barrientos se fotografió con el Senador Fulvio Rossi, le dijo que le gustaría ser parlamentaria, éste llamo a su colega Pedro Muñoz y para gozo de los militantes puros y sinceros estaría resuelto el dilema, ahora por fin tendrían una buena candidata.
Porque no hay que engañarse con la Barrientos, ya que sí sacaría votos, su candidatura sería transversal, fuera de ser magallánica, parece que fue cadete y como sabemos, el distrito 60 tiene importancia geopolítica, están emplazadas todas las fuerzas armadas, ese esquivo voto militar pesa y esta vez sí que hasta los pelaos votarían por ella.
Así luego del desastre natural, y de la primarias, comenzaría a salir el sol para el PS regional, ¿y por qué no dirán algunos?, ¿no fue acaso Eva Perón, una bataclana? y está el caso de Cicciolina en Italia, claro que las comparaciones son odiosas, porque la europarlamentaria era, radical. Y si en los años veinte hubo un León de Tarapacá ¿por qué no pensar en el siglo XXI en una Leona patagónica?
Claro que como a la ex presidenta le decían La Jefa, a CFK le dicen Ella, a la adrianita como iría por los socios habría que decirle La Socia o si quieren “socita” suena más familiar.
Se comenta que el partido se puso ya en campaña y piensa para el próximo Carnaval de Invierno, presentar un carro con una “Alegoría de las Adrianales”, aquellas fiestas que se hacían en Roma, Efeso y Tebas en honor del emperador Adriano y donde, al parecer, habían concursos de música y bailes. Claro que en este caso serían para la Adriana. Así, si sale electa podría llevar estos juegos también a la cámara.
Queda por ver eso si al senador Muñoz lo dejarían apoyarla en la campaña. O si la blonda diputada DC la querría llevar de compañera de lista. Yo, desde ya, fijo que voto por ella, aunque no deja de ser una lástima que la Licenciada Tetarelli, sea nortina.
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